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Bienvenido a este Blog. Soy un aprendiz de la vida, y por eso hago preguntas. Mi nombre es Helder Morales Sepúlveda (Cali, Colombia, 1953). Cuentista y traductor. Como cuentista, mis relatos han sido publicados a lo largo de más de 30 años de manera dispersa. De ellos hay un libro publicado, ‘El Aprendiz de Cuentista’, colección de 10 relatos maravillosos y extraños. Como traductor, he vertido al español algunos de los libros del maestro Swami Krishnanda, de ‘The Divine Life Society’, que versan sobre filosofía, meditación y práctica del yoga. Dichos libros aparecen en la página web del maestro.

miércoles, octubre 05, 2016

¿Sirve de algo el perdón?

La lucha entre dos Estados soberanos o entre un Estado y la insurgencia, como es el caso de Colombia, tiene muchas complejidades porque los intereses económicos, políticos y sociales que están en juego son casi infinitos. Si a esto le sumamos que hay intereses de potencias extranjeras y, además, lo que todos sabemos desde niños: que la “política es lo más cochino que hay en la vida”, pues el análisis del proceso de paz es algo muy difícil de hacer (aunque todos opinemos sobre él).

Por esta razón, es mejor pensar en el perdón, pero a nivel personal, pues todos tenemos nuestros odios y nuestros rencores ahí guardados en el corazón. Veamos: Todos sabemos lo que es una ofensa, un daño o un perjuicio, y también sabemos lo que se siente: dolor, deseo de venganza, odio, rencor y muchos otros sentimientos negativos. Todo esto, aunque no es sano, es muy humano, como humano es ofender, porque eso tampoco podemos olvidarlo.

Mirando más de cerca el problema, nos enteramos que ese deseo de venganza, ese rencor, ese odio, esa furia, nos puede dejar graves consecuencias. Por ejemplo, podemos asesinar al ofensor. Ya se sabe lo que seguiría de ahí en adelante para nosotros, ahora convertidos en asesinos.

Pero, quizá, no lleguemos a asesinar porque fuimos incapaces de hacerlo o porque no hubo oportunidad. En cambio, nos quedamos con el odio encapsulado en nuestro corazón y ahí vienen problemas tan graves o peores que asesinar al otro: nuestra salud se va a deteriorar. Esto es apenas lógico, y no necesitamos valernos de estudios científicos que lo corroboren, pues como todos hemos sentido odio en algún momento de la vida, sabemos lo que se siente. Y "eso tan feo" que sentimos, si lo pensamos un momento, NO puede NO hacer daño al cuerpo que lo sufre. Es demasiado “feo” para que pase desapercibido por el organismo.

Y si pasamos años y años sintiendo ese odio, el organismo se va a deteriorar aún más. Muchas enfermedades graves en el momento de ser diagnosticadas, quedan reducidas a eso: al diagnóstico. “Todos nos enfermamos”, dice el médico, “y usted se enfermó de cáncer”. Por ejemplo.

La ciencia no conoce las razones remotas por qué a uno le dio cáncer o un derrame cerebral. La ciencia se ocupa del diagnóstico y el tratamiento. No nos va a explicar que ese odio y ese rencor que por tantos años albergamos y alimentamos, nos tiene ahora postrados. Eso no le importa a la ciencia ni a nadie. Solo a nosotros. Aunque si ya estamos enfermos, es poco lo que podemos hacer.

Hay algo irónico en el odio: estamos unidos como siameses con la persona u objeto del odio. ¡Qué horror! Tanto odiarlo(a) y vivo con él o ella en mi mente todo los momentos de mi vida. Es un enamoramiento al revés. Y para completar, está acabando conmigo.

Con esta analogía es más fácil comprender el valor del perdón. El perdón personal es incondicional (no como el perdón político, que exige del perdonado ciertas cosas). En el perdón entre personas, simplemente el ofendido, de propia iniciativa, sin necesidad de que el ofensor se arrepienta o le pida perdón o lo compense o sufra un castigo, decide que la única manera de quitárselo de encima, la única manera de alejarlo de su vida y además de preservar su salud, es perdonándolo. Una vez que lo ha hecho, el aire es más transparente, se siente más liviano, sonríe más, y sus noches son largas y reparadoras.

Pero “del dicho al hecho hay mucho trecho”, dice el adagio. Vaya y hágalo. Vaya y perdone a esa o esas personas que odia tanto. No es fácil. Pero “querer es poder”, dice otro adagio, y si queremos nuestra vida más placentera, larga y saludable, todos tenemos la suficiente inteligencia para buscar la forma de perdonar. ¡Gracias a Dios, existe el perdón!


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