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Bienvenido a este Blog. Soy un aprendiz de la vida, y por eso hago preguntas. Mi nombre es Helder Morales Sepúlveda (Cali, Colombia, 1953). Cuentista y traductor. Como cuentista, mis relatos han sido publicados a lo largo de más de 30 años de manera dispersa. De ellos hay un libro publicado, ‘El Aprendiz de Cuentista’, colección de 10 relatos maravillosos y extraños. Como traductor, he vertido al español algunos de los libros del maestro Swami Krishnanda, de ‘The Divine Life Society’, que versan sobre filosofía, meditación y práctica del yoga. Dichos libros aparecen en la página web del maestro.

lunes, octubre 31, 2016

Deseos de ayer - Deseos de hoy


Lo que se gana en cantidad, se pierde en calidad. En otras palabras: a más “cosas”, menos disfrute; a menos “cosas”, más disfrute. O como dice la sabiduría popular: “el que mucho abarca, poco aprieta”.

Si aplicamos este pensamiento a la sociedad actual, observamos que es tal la cantidad de “cosas” que tenemos delante de nuestros sentidos, como en ningún momento de la historia conocida, y, en consecuencia, estamos en el punto más bajo de la calidad de disfrute. Pero, ¿disfrute de qué? De la vida.

Hoy tenemos la llamada “tecnología para consumir”, empezando por todo lo que hay en Internet, siguiendo con nuestros teléfonos inteligentes y continuando con la realidad virtual. Y estas tres grandes categorías solo son la punta del témpano de todo lo que tenemos para desear consumir. Quedan las otras cosas que siempre había tenido la humanidad cuando la tecnología no existía, tales como los objetos valiosos, el arte, la fama, el juego, el sexo, etc.

Hay que señalar, que de todo ese exagerado muestrario de “cosas” para consumir que tenemos el día de hoy, cada uno de nosotros a duras penas alcanza a consumir algunas pocas a lo largo de toda la vida. Lo malo es que los deseos son infinitos, y cuando están insatisfechos crean frustración, y si estás frustrado, estás infeliz. Gracias a la cantidad de “cosas” para desear, hay más personas frustradas hoy, que en épocas anteriores.

No se trata de despreciar la “tecnología para consumir”. Aquí se trata de usarla como disculpa para reflexionar, por ejemplo, cómo hace 50 años nos divertíamos con algo tan “ordinario” como un tocadiscos, en el cual poníamos unos discos de acetato de 33 revoluciones por minuto, para disfrutar de los Beatles o de los Panchos. En otras ocasiones, íbamos a cine; óigase bien: “íbamos”, es decir, había que “ir”, había que “salir”, nunca se podía disfrutar del cine en casa, como hoy, y mucho menos en 3D. En aquella época, los autos eran poquísimos, al menos en Latinoamérica, y los niños en las barriadas invadíamos con nuestros juegos no solo los andenes, sino las calzadas, y los pocos autos que llegaban, se detenían sin ninguna rabia por parte del conductor (sin pitar), y esperaban que la muchachada dejara un bache por donde pasar.

Los chicos jugábamos canicas, trompo, a los bandidos y policías, al fútbol, o correteábamos en nuestros triciclos; las chicas jugaban a “ser la mamá” con sus muñecas, y a cocinar en cocinas de juguete hechas de latón. Para las tareas escolares no existía Google ni Wikipedia, y había que ir a lugares llamados “bibliotecas” a buscar el libro que contenía la información deseada. Si querías comunicarte con alguien en otra ciudad, una carta duraba al menos 5 días en llegar, si era nacional, y 10 días si era internacional. Por supuesto no había correo electrónico, ni documentos escaneados, ni faxes, ni fotocopias. 

Sin embargo, ¿era la vida más difícil? Rotundamente no. Era la misma. Quienes vivimos hace más de 50 años, sabemos que aunque no había la tecnología en el sentido en que hoy existe, sin embargo no por eso la vida era más aburrida o difícil que hoy. Parece que la vida básicamente es la misma siempre. Solo que hay más cosas para desear hoy, aunque la mayoría no se puedan obtener.

En los años 60, como hoy, millones padecieron hambre, desnutrición, y fueron despedazados por las guerras. Los seres humanos envejecían, se enfermaban y morían lo mismo que hoy. Los seres humanos eran proclives al engaño y a la violencia hace 50 años lo mismo que hoy. La infelicidad era la misma ayer que hoy. Entonces se ve claro que ni la tecnología, ni la ciencia han ayudado a la humanidad a nada verdaderamente importante (entendiendo la felicidad por “lo más importante”), pero sí ha creado millones de necesidades nuevas.

Hoy día necesitamos un televisor de pantalla así o asá; un iPhone así o asá, una banda de Internet así o asá, una suscripción por cable así o asá, una Tablet, un PC, un portátil, unos programas para la Tablet o para el iPhone, miles de aplicaciones para todo lo imaginado… ¿a qué horas podemos pensar? ¿A qué horas podemos estar en contacto directo con los seres queridos? ¿A qué horas podemos alimentar el intelecto y el espíritu, si los libros están en crisis gracias a la misma tecnología? ¿De verdad estamos progresando? Y, si progresamos, ¿hacia dónde?


La vida de hoy es una etapa de la humanidad como cualquier otra etapa. Cada uno de nosotros, en forma individual, no puede hacer nada más que seguir en el rebaño, pues todos vamos de alguna manera en el rebaño. Pero no deja de ser excitante hacernos preguntas como las anteriores, por si acaso podemos levantar la cabeza por encima de los 7 mil millones de borregos, y encontrarle algún sentido a esto que llamamos vida. Quizá vamos hacia un objetivo elevado, o quizá vamos en sentido contrario.  
  

jueves, octubre 13, 2016

Bob Dylan


Blowing in the wind
(Soplando en el viento)
Bob Dylan

 Bob Dylan - Azkena Rock Festival 2010 2.jpg
Fotografía tomasa de Wikipedia

Cuántos caminos debe recorrer un hombre,

antes de que le llames "hombre"



Cuántos mares debe surcar una blanca paloma,

antes de dormir en la arena.



Cuántas veces deben volar las balas de cañón,

antes de ser prohibidas para siempre.



La respuesta, amigo mío, está flotando (silbando) en el viento,

la respuesta está flotando en el viento.



Cuántos años puede existir una montaña,

antes de que sea lavada (arrasada) por el mar.



Cuántos años pueden vivir algunos,

antes de que se les permita ser libres.



Cuántas veces puede un hombre girar la cabeza,

y fingir que simplemente no lo ha visto.



La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.

La respuesta está flotando en el viento.



Cuántas veces debe un hombre levantar la vista,

antes de poder ver el cielo.



Cuántas orejas debe tener un hombre,

antes de poder oír a la gente llorar.



Cuántas muertes serán necesarias,

antes de que él se de cuenta,

de que ha muerto demasiada gente.



La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.

La respuesta está flotando en el viento.


Bob Dylon – Nobel de literatura 2016



La de arriba es la letra-poema de la canción Blowing in the wind, que aunque como es obvio suena mejor en inglés que en español, sin embargo también nos admira.



Bob Dylon es principalmente músico, compositor y poeta. Pero también ha amado la literatura, el cine y la pintura. Tiene 75 años.



En música ha trasegado el rock, el folk, los blues, el góspel y la música electrónica.



“Maestro poeta, crítico social cáustico e intrépido espíritu guía de la generación contracultural" (Revista Time)



“Nos enseñó que el mero hecho de que la música fuera naturalmente física no significaba que fuera anti-intelectual” Bruce Springsteen



Un nobel merecido que nos llena de alegría.

miércoles, octubre 05, 2016

¿Sirve de algo el perdón?

La lucha entre dos Estados soberanos o entre un Estado y la insurgencia, como es el caso de Colombia, tiene muchas complejidades porque los intereses económicos, políticos y sociales que están en juego son casi infinitos. Si a esto le sumamos que hay intereses de potencias extranjeras y, además, lo que todos sabemos desde niños: que la “política es lo más cochino que hay en la vida”, pues el análisis del proceso de paz es algo muy difícil de hacer (aunque todos opinemos sobre él).

Por esta razón, es mejor pensar en el perdón, pero a nivel personal, pues todos tenemos nuestros odios y nuestros rencores ahí guardados en el corazón. Veamos: Todos sabemos lo que es una ofensa, un daño o un perjuicio, y también sabemos lo que se siente: dolor, deseo de venganza, odio, rencor y muchos otros sentimientos negativos. Todo esto, aunque no es sano, es muy humano, como humano es ofender, porque eso tampoco podemos olvidarlo.

Mirando más de cerca el problema, nos enteramos que ese deseo de venganza, ese rencor, ese odio, esa furia, nos puede dejar graves consecuencias. Por ejemplo, podemos asesinar al ofensor. Ya se sabe lo que seguiría de ahí en adelante para nosotros, ahora convertidos en asesinos.

Pero, quizá, no lleguemos a asesinar porque fuimos incapaces de hacerlo o porque no hubo oportunidad. En cambio, nos quedamos con el odio encapsulado en nuestro corazón y ahí vienen problemas tan graves o peores que asesinar al otro: nuestra salud se va a deteriorar. Esto es apenas lógico, y no necesitamos valernos de estudios científicos que lo corroboren, pues como todos hemos sentido odio en algún momento de la vida, sabemos lo que se siente. Y "eso tan feo" que sentimos, si lo pensamos un momento, NO puede NO hacer daño al cuerpo que lo sufre. Es demasiado “feo” para que pase desapercibido por el organismo.

Y si pasamos años y años sintiendo ese odio, el organismo se va a deteriorar aún más. Muchas enfermedades graves en el momento de ser diagnosticadas, quedan reducidas a eso: al diagnóstico. “Todos nos enfermamos”, dice el médico, “y usted se enfermó de cáncer”. Por ejemplo.

La ciencia no conoce las razones remotas por qué a uno le dio cáncer o un derrame cerebral. La ciencia se ocupa del diagnóstico y el tratamiento. No nos va a explicar que ese odio y ese rencor que por tantos años albergamos y alimentamos, nos tiene ahora postrados. Eso no le importa a la ciencia ni a nadie. Solo a nosotros. Aunque si ya estamos enfermos, es poco lo que podemos hacer.

Hay algo irónico en el odio: estamos unidos como siameses con la persona u objeto del odio. ¡Qué horror! Tanto odiarlo(a) y vivo con él o ella en mi mente todo los momentos de mi vida. Es un enamoramiento al revés. Y para completar, está acabando conmigo.

Con esta analogía es más fácil comprender el valor del perdón. El perdón personal es incondicional (no como el perdón político, que exige del perdonado ciertas cosas). En el perdón entre personas, simplemente el ofendido, de propia iniciativa, sin necesidad de que el ofensor se arrepienta o le pida perdón o lo compense o sufra un castigo, decide que la única manera de quitárselo de encima, la única manera de alejarlo de su vida y además de preservar su salud, es perdonándolo. Una vez que lo ha hecho, el aire es más transparente, se siente más liviano, sonríe más, y sus noches son largas y reparadoras.

Pero “del dicho al hecho hay mucho trecho”, dice el adagio. Vaya y hágalo. Vaya y perdone a esa o esas personas que odia tanto. No es fácil. Pero “querer es poder”, dice otro adagio, y si queremos nuestra vida más placentera, larga y saludable, todos tenemos la suficiente inteligencia para buscar la forma de perdonar. ¡Gracias a Dios, existe el perdón!