jueves, septiembre 15, 2016

¿Quiénes nos tienen en sus garras?

¿Quiénes nos tienen en sus garras? Bueno, esta pregunta no a todo el mundo le interesa. Incluso, habrá quien la piense con extrañeza: “¿acaso alguien nos tiene agarrados?”. Sin embargo, para los pocos a quienes nos interesa la pregunta, aquí va esta reflexión:
Lo más obvio, para el caso de que seas empleado, es que te tiene agarrado tu empleador, por todo lo que tú trabajas, todo lo que él gana y lo poco que tú ganas. Basta mirar los estados de pérdidas y ganancias de la empresa y compararlos con tus ingresos. Así que las mejores horas de tu vida, de 8 a 6, no son tuyas, las tienes hipotecadas a alguien, todo porque necesitas comer, pagar la renta, etc.
¿Por qué tu vida no es tuya? No es tuya porque no haces lo que quieres y te gusta, sino que pasas horas y horas produciendo riqueza para alguien más. Si eres mujer, ¿por qué no puedes estar todo el tiempo con lo que más amas, que son tus hijos? ¿Y el salario compensa este “no vivir tu vida”? ¡Categóricamente no!
Evidentemente, algo no cuadra. Los humanos no podemos vivir nuestras propias vidas y parece que nuestro empleador nos tiene en su poder. Pero no es el empleador el que nos tiene en su poder: Es todo un sistema perverso que ha calculado todo de tal manera que nunca tengas tus deseos satisfechos. Necesitamos comer, tener techo, educarnos, ocio, etc. Si tuviéramos todas estas necesidades satisfechas, no necesitaríamos hipotecar nuestra propia vida a nadie. Haríamos nuestros propios planes para pasar todos los días con nosotros mismos.
Mas, por extraño que parezca, nunca tenemos las necesidades básicas satisfechas, porque de lo contrario, no volveríamos a trabajar, ¿verdad? Si compré un apartamento, no puedo disfrutarlo porque hay una hipoteca. Si pude comprar comida para este mes, no me queda para comprar la de los meses subsiguientes. Y así por el estilo. El andamiaje económico no permite que viva mi vida, ni aun teniendo donde vivir y comida en mi plato, porque ese andamio está armado de tal manera, que tengas siempre que ir a donde tu empleador a producirle riqueza. Ni hablemos de los desempleados y los habitantes de la calle.
Entonces, ¿qué hacer para vivir tu vida? La respuesta es muy triste: no hay nada qué hacer. Simplemente en este mundo vinimos a vivir una vida sin sentido. A enriquecer a otros, a vivir una vida que no es nuestra. Para verlo mejor, suma las horas en que estás en tu trabajo más el tiempo en ir y venir y compáralas con las que vives contigo mismo (en estas últimas, no tengas en cuenta las horas de sueño).
En la sociedad existen los revolucionarios. Son gente admirable, porque solo una revolución puede ayudar a derrumbar definitivamente el estado de cosas tan injusto en que estamos revolcados. Pero dejémosles a ellos esa labor, si es que algún día la pueden hacer y es deseable que esa revolución sea pacífica, como nos enseñó Gandhi, que libertó a 500 millones sin violencia.
Volviendo a nuestro tema, además de los ricos, hay un grupo de personas que, si quisieran, podrían vivir su vida para ellos: los pensionados (dentro de los cuales me cuento). Lástima que ya estemos viejos y no tengamos la suficiente fuerza física, pero por el contrario y con gran ventaja, tenemos nuestras facultades mentales intactas y la experiencia necesaria para repetir con la sabiduría popular que, “perro viejo ladra echao”. Podemos apreciar las cosas desde un punto de vista diferente al de todo el mundo. Para entender mejor este punto, haré una pequeña digresión:
En la tradición del Hinduismo, el hombre debe educarse hasta los 20 años. Después, al asumir las responsabilidades de una familia, debe trabajar para sacarlos adelante y este período va hasta los 50 años. De ahí en adelante, los hijos se encargarán de él (en épocas de la tradición no había Fondos de Pensiones) para que pueda dedicarse a buscar en su interior las verdades espirituales. Este período va hasta la muerte. 
Esta digresión es para resaltar cómo la vejez es una edad de oro en el contexto de la vida, no como se cree en nuestra metalizada sociedad, que un viejo es deseable que se muera rápido porque hace estorbo. Pues no es así. El viejo tiene el privilegio de adentrarse en el problema y descubrir la raíz del mal. Él ya no va hacer revoluciones y si alguna hace, será no violenta.
Ante la pregunta, ¿quién nos tiene en sus garras?, el viejo, después de meditar, concluirá que aunque en apariencia son los bancos, las multinacionales, los gobiernos, etc., verdaderamente lo que nos tiene en sus garras son los deseos. Los deseos que tenemos son infinitos y solo podemos cumplir unos pocos. La sociedad capitalista lo sabe, y para mantenernos en el redil nos muestra millones de cosas deseables. Saben que  nunca vamos a estar saciados. Los deseos nacen como conejos. Si tengo un apartamento y lo acabé de pagar, ahora quiero otro. Si tengo un auto y ya es mío, ahora tengo que cambiarlo por uno último modelo. Si tengo… si tengo… si tengo… y todo se traduce en deber siempre dinero, es decir, no vivir mi vida y sí trabajar durísimo para pagar las deudas.
Entonces, el anciano  puede concluir (y un joven también) sin muchas dudas, que lo mejor es no desear, o desear muy poco. Para lograr la independencia y vivir una vida nuestra, no hay que desear. Obviamente que siempre vamos a desear almorzar y dormir, pero no me refiero a esos deseos básicos. Me refiero a todos los deseos que la sociedad consumista nos ofrece: esos deseos hay que castrarlos. ¿Pero será posible? Sí. Es difícil, pero se puede. En las tradiciones orientales existe todo un camino para que, por etapas, vayamos despojándonos de los deseos.
En resumen: No todos los ancianos van a llegar a esta conclusión, pero sí una buena parte de ellos. Ahora, los que están en plena lucha por la vida, difícilmente pueden pensar y/o salirse del sistema. Pero cuando lleguen a la edad de retiro (si es que dentro de pocos años no acaban con eso del “retiro”), pueden encontrar la forma de vivir su vida para ellos mismos estudiando su interior y empezando, por ejemplo, a dejar de desear. El sistema materialista en que vivimos tal vez se caiga solo, sin revoluciones, porque está podrido. O tal vez algunos revolucionarios pacíficos lo ayuden a desplomarse incluyendo a algunos de nosotros, los ancianos, que estamos por encima y lo vemos todo con una mirada muchísimo más amplia y menos apasionada.

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