miércoles, febrero 14, 2007

¿Engaño?


¿Quien soy?
¿El niño o el viejo?
¿Por qué tan dramático cambio?
¿Qué sentido tiene la vida?

No deja de abrumarnos la cifra entregada por el curioso que hizo el experimento: todo nuestro cuerpo puede reducirse a un centímetro cúbico de materia. Algo más grande que un cubo de azúcar. En vista de esto, no parece que seamos el cuerpo. No parece que la materia sea tan sólida como aparenta. La Física Cuántica nos enseña que las últimas partículas no son “físicas”; son más bien fuerzas que no pueden detectarse del todo, porque si se sabe en qué lugar están, no se sabe a que velocidad se mueven, y si se sabe su velocidad, no se sabe dónde están. Pero en todo caso ya no son materia. Siguiendo la analogía, parecería que el universo tampoco es tan sólido como parece y que podría reducirse a unos pocos millares de kilómetros cúbicos de materia. ¿Lo demás? No se ve. ¡No es materia!

¡Decepcionante materia! Creíamos que lo era todo y resulta que no. No solo es finita, sino que también es engañosa. Entonces, si no somos el cuerpo físico, ¿qué otra cosa podemos ser? ¿De dónde le viene al ser humano ese sentido de grandeza, eternidad y perfección que lo hace soportar todas las penalidades de la vida material? Debe ser algo que no es material. Debe ser el Espíritu. Somos espíritus haciendo un viaje por la engañosa materia, para aprender a dominarla y así subir un paso más en la evolución espiritual. Estamos inmersos en la materia y por eso la infelicidad y el sufrimiento. Pero dentro de nosotros brilla una luz, la luz del Espíritu. El Espíritu no puede sufrir. El espíritu solo puede ser feliz. Es mi consuelo cuando contemplo mis fotografías.

jueves, febrero 01, 2007

¿QUERER ES PODER?

En la búsqueda interior llega el momento en que todo se subordina a encontrar la felicidad. ¿Es posible hallar la felicidad? Es posible. Yo aún no la encuentro pero estoy seguro de que existe. Estoy seguro porque grandes seres humanos desde tiempos inmemoriales así lo han afirmado, lo afirman y lo afirmarán. Ahora no dudo de ellos, porque he seguido el consejo del Buda, quien nos insta a que no aceptemos las cosas sin analizarlas previamente. Yo he seguido su consejo, repito, y he llegado a la conclusión de que verdaderamente existe el estado de felicidad para el ser humano.

Las enseñanzas de estos grandes seres no tienen la menor fisura, y si seguimos el camino indicado, inevitablemente conseguiremos el estado de felicidad. Entonces, ¿por qué la inmensa mayoría de los humanos nos debatimos entre el sufrimiento? ¿Por qué muchas personas no dudan de las enseñanzas, pero no obstante siguen siendo infelices? Como por ejemplo, quien esto escribe.

La respuesta es que vistas desde el punto de vista intelectual, las enseñanzas son de una perfección y sencillez sublimes. Pero la felicidad no se puede lograr por medios intelectuales. Es algo mucho más sencillo pero a la vez más difícil: Es menester VIVIR LAS ENSEÑANZAS. He ahí el punto.

En un tiempo, creí ingenuamente que sentándome a meditar iba a alcanzar mi meta. Nada ocurrió además de sentirme relajado por unos minutos, a lo sumo horas. El sufrimiento continuó. Volví a revolcarme en mi propio charco de autocompasión, volví a soltar la disciplina, volví a lo mismo: impotente ver pasar la vida mientras me acerco a la muerte.

Soy de los que no tienen un maestro. Dichosos aquellos que lo tienen. A mi me ha tocado buscar en los libros y pensar por mi mismo. Pensar mucho y digerir mucho. Dudar mucho y aceptar mucho. Desechar mucho, también.

De pronto recordé los cinco preceptos del budismo:
1.- No hacer daño a nadie
2.- No mentir
3.- No robar
4.- No tener sexo ilícito
5.- No intoxicarme

Recordé que en el cristianismo son los mismos preceptos y que en todas las tradiciones espirituales son los mismos. Además de aprender a tener una actitud permanentemente amorosa y compasiva.

Si uno no se ciñe estrictamente a estos preceptos elementales, que son la base de todo el desarrollo ulterior, nunca se podrá avanzar en el camino rumbo a la felicidad. Lo interesante del caso, es que en nuestra cultura occidental, estos preceptos nos los enseñan desde la infancia sean cristianos o no nuestros padres.

Pero nunca los ponemos en práctica. Estamos felices bebiendo, teniendo sexo desenfrenadamente, y ni hablar de las triquiñuelas que hay que hacer para “tener éxito en la vida”. Tampoco nos acordamos que debemos evitar el sufrimiento de los demás (compasión), y que debemos hacer felices a todos (amor).

Hay que empezar por lo más elemental para poder avanzar. Hay que dar el primero y sencillo paso en el largo camino. No nos engañemos con que somos unos gigantes espirituales y que nuestro primer paso nos va a poner en la mitad del camino. No es cierto. Hay que empezar por lo elemental, que no por elemental es fácil: años y años de pensar y actuar de la manera en que el mundo piensa y actúa, requieren un gran esfuerzo de nuestra parte para llegar a cambiarlos. Aunque también es fácil: “QUERER ES PODER”.