jueves, diciembre 22, 2005

El Padre Sergio (Tolstoi)

El ser humano está hecho de espíritu y materia. Pero éstas no están en reposo, sino trenzadas en una lucha a muerte. Algunos no sienten la violencia del combate, otros sí. A éste grupo pertenece el padre Sergio.

En la Rusia de 1840, un joven aristócrata, brillante, apuesto, cercano al Emperador Nicolás I, es oficial de coraceros del Regimiento Imperial. A consecuencia de una decepción amorosa, cede sus bienes, renuncia al regimiento y se convierte en humilde monje.

Durante varios años, igual que en el regimiento, se esfuerza por ser el mejor en el monasterio. Practica el ayuno, la oración, la castidad, la renunciación y la lectura de los evangelios. Pero realmente bullían en él junto con la religiosidad, la duda, el orgullo y la lujuria.

No obstante, su lucha por tener fe lo impulsa hasta el punto que con el tiempo, se hace ermitaño. En la soledad, el combate con sus enemigos interiores se intensifica y una noche, después de cinco años como ermitaño, una sensual mujer llega a su puerta.

El padre Sergio la contempla un instante, que basta para sentir el llamado violento de la carne. Solo atina a rezar con mayor fervor, pero el perfume, la voz y los ruegos de la dama, lo excitan. El padre reza, no la mira, implora al cielo, la frente tocando el suelo, y por fin, ante los llamados de la hembra, le dice que en un minuto estará con ella, mientras con el hacha se corta un dedo. Luego se acerca a la mujer y ya libre del deseo de la carne, le pregunta qué quiere. Ella, descompuesta, solo atina a pedir la bendición y parte. Tiempo después, entra en un convento.

La fama del padre Sergio comienza a extenderse por la comarca. Peregrinos empiezan a buscarlo, sana a los enfermos y realiza milagros, pero su lucha continúa: se sabe orgulloso, se sabe halagado por la fama.

Un día, un mercader le lleva su hija de 22 años para que la sane. Tan pronto el padre Sergio la ve, la lujuria vuelve a aflorar; quedan a solas, la joven le dice que le ha visto en sueños poniéndole la mano en el pecho, mientras toma la mano del padre Sergio y repite la escena. El padre cede a su lujuria.

En la mañana se siente el hombre más ruin del mundo; intenta suicidarse con la misma hacha con que se cortó el dedo, pero un novicio se lo impide; entonces huye del santuario. Piensa que todo ha terminado, que Dios no existe, y acaricia la idea del suicidio. Vaga todo el día, se desespera y por fin queda dormido a campo abierto. Tiene un sueño en que un ángel le indica que busque a su prima Páshenka.

Mendigando, camina tres meses hasta la aldea donde ella vive. Es una mujer avejentada y golpeada por la pobreza y los sufrimientos; ella sola sostiene a toda la familia, inclusive al yerno enfermo, dictando clases de música; los agasaja cada que puede y se desvive por servir a propios y extraños. Se queja de su pobreza y no asiste mucho a la iglesia, pero no deja que alguien que le pide se vaya con las manos vacías. El padre Sergio comprende que él ha vivido para los hombres con el pretexto de vivir para Dios, mientras que Páshenka vive para Dios imaginándose que vive para los hombres.

La tensión de la lucha espíritu-materia ha terminado para el Padre Sergio. Pasa el resto de su vida trabajando la huerta, educando a sus hijos y visitando a los enfermos.

¿QUÉ ME ENSEÑÓ ESTA OBRA DE TOLSTOI?
Que me he torturado inútilmente. Dios no exige a nadie que se convierta en un ser excepcional –un santo-, como lo creyó el Padre Sergio (y también yo). Solo nos exige que seamos “buenos” en el sentido normal de la palabra. Que conservemos el buen humor, que trabajemos nuestras “huertas”, que eduquemos a nuestros hijos y que seamos piadosos, es decir, que no olvidemos la Religión y las buenas obras. Así de sencillo, como todo lo verdaderamente importante.

viernes, diciembre 09, 2005

Experiencia Onírica

Mi padre murió hace 32 años.

Mi madre murió hace una semana en Cali, el miércoles 30 de noviembre de 2005, en la madrugada.

Horas antes (el martes en la noche), me había acostado a eso de las 10 P.M. en mi residencia en Bogotá. Tal vez a las once y treinta de la noche me desperté soñando con mi padre. Volví a dormirme y a las cuatro de la madrugada, me despierta la terrible llamada telefónica.

Durante las honras fúnebres comparto con uno de mis hermanos. Me dice que el martes en la noche se acostó, pero no soñó con mi padre, sino que en el momento de poner la cabeza en la almohada, perfectamente en vigilia, recordó de pronto a mi padre con mucha intensidad y sin ningún motivo.

En algún libro de interpretación de los sueños diferente del clásico de Freud, había leído que el significado de soñar con personas fallecidas tiene muchas interpretaciones; por ejemplo, que quiere darnos ánimo en la vida o en algún proyecto especial que se tenga entre manos en esos momentos. En otros casos, la interpretación es que el difunto nos quiere dar un anuncio importante.

Este tipo de cosas inexplicables ocurren a diario a todos los seres humanos, en todas partes del mundo. Sin embargo la ciencia no puede decir nada, salvo que son “coincidencias”.

Nuestra cultura nos impele a creer solo en lo que la ciencia avala; pero las cosas avaladas por la ciencia son mínimas; son más las cosas del universo que permanecen desconocidas, rotuladas solo como “coincidencias”, como se rotularía sin lugar a dudas la experiencia que acabo de contar.

Estoy cansado de tantos interrogantes sin resolver, de tantas “coincidencias”, de tanta soberbia de la ciencia para negar la mayor parte de los fenómenos que suceden en el universo. Me rebelo entonces de creer solo en lo que la ciencia dice, como he hecho casi toda mi vida, hoy grito que creo no solo en lo que la ciencia dice, sino también en lo que me dice mi intuición, mi corazón, mi sexto sentido o como se llame: Hay Dios, hay vida después de esta vida, hay un alma, hay Espíritu, y los sueños son mucho más que “sentimientos reprimidos”.