lunes, octubre 31, 2016

Deseos de ayer - Deseos de hoy


Lo que se gana en cantidad, se pierde en calidad. En otras palabras: a más “cosas”, menos disfrute; a menos “cosas”, más disfrute. O como dice la sabiduría popular: “el que mucho abarca, poco aprieta”.

Si aplicamos este pensamiento a la sociedad actual, observamos que es tal la cantidad de “cosas” que tenemos delante de nuestros sentidos, como en ningún momento de la historia conocida, y, en consecuencia, estamos en el punto más bajo de la calidad de disfrute. Pero, ¿disfrute de qué? De la vida.

Hoy tenemos la llamada “tecnología para consumir”, empezando por todo lo que hay en Internet, siguiendo con nuestros teléfonos inteligentes y continuando con la realidad virtual. Y estas tres grandes categorías solo son la punta del témpano de todo lo que tenemos para desear consumir. Quedan las otras cosas que siempre había tenido la humanidad cuando la tecnología no existía, tales como los objetos valiosos, el arte, la fama, el juego, el sexo, etc.

Hay que señalar, que de todo ese exagerado muestrario de “cosas” para consumir que tenemos el día de hoy, cada uno de nosotros a duras penas alcanza a consumir algunas pocas a lo largo de toda la vida. Lo malo es que los deseos son infinitos, y cuando están insatisfechos crean frustración, y si estás frustrado, estás infeliz. Gracias a la cantidad de “cosas” para desear, hay más personas frustradas hoy, que en épocas anteriores.

No se trata de despreciar la “tecnología para consumir”. Aquí se trata de usarla como disculpa para reflexionar, por ejemplo, cómo hace 50 años nos divertíamos con algo tan “ordinario” como un tocadiscos, en el cual poníamos unos discos de acetato de 33 revoluciones por minuto, para disfrutar de los Beatles o de los Panchos. En otras ocasiones, íbamos a cine; óigase bien: “íbamos”, es decir, había que “ir”, había que “salir”, nunca se podía disfrutar del cine en casa, como hoy, y mucho menos en 3D. En aquella época, los autos eran poquísimos, al menos en Latinoamérica, y los niños en las barriadas invadíamos con nuestros juegos no solo los andenes, sino las calzadas, y los pocos autos que llegaban, se detenían sin ninguna rabia por parte del conductor (sin pitar), y esperaban que la muchachada dejara un bache por donde pasar.

Los chicos jugábamos canicas, trompo, a los bandidos y policías, al fútbol, o correteábamos en nuestros triciclos; las chicas jugaban a “ser la mamá” con sus muñecas, y a cocinar en cocinas de juguete hechas de latón. Para las tareas escolares no existía Google ni Wikipedia, y había que ir a lugares llamados “bibliotecas” a buscar el libro que contenía la información deseada. Si querías comunicarte con alguien en otra ciudad, una carta duraba al menos 5 días en llegar, si era nacional, y 10 días si era internacional. Por supuesto no había correo electrónico, ni documentos escaneados, ni faxes, ni fotocopias. 

Sin embargo, ¿era la vida más difícil? Rotundamente no. Era la misma. Quienes vivimos hace más de 50 años, sabemos que aunque no había la tecnología en el sentido en que hoy existe, sin embargo no por eso la vida era más aburrida o difícil que hoy. Parece que la vida básicamente es la misma siempre. Solo que hay más cosas para desear hoy, aunque la mayoría no se puedan obtener.

En los años 60, como hoy, millones padecieron hambre, desnutrición, y fueron despedazados por las guerras. Los seres humanos envejecían, se enfermaban y morían lo mismo que hoy. Los seres humanos eran proclives al engaño y a la violencia hace 50 años lo mismo que hoy. La infelicidad era la misma ayer que hoy. Entonces se ve claro que ni la tecnología, ni la ciencia han ayudado a la humanidad a nada verdaderamente importante (entendiendo la felicidad por “lo más importante”), pero sí ha creado millones de necesidades nuevas.

Hoy día necesitamos un televisor de pantalla así o asá; un iPhone así o asá, una banda de Internet así o asá, una suscripción por cable así o asá, una Tablet, un PC, un portátil, unos programas para la Tablet o para el iPhone, miles de aplicaciones para todo lo imaginado… ¿a qué horas podemos pensar? ¿A qué horas podemos estar en contacto directo con los seres queridos? ¿A qué horas podemos alimentar el intelecto y el espíritu, si los libros están en crisis gracias a la misma tecnología? ¿De verdad estamos progresando? Y, si progresamos, ¿hacia dónde?


La vida de hoy es una etapa de la humanidad como cualquier otra etapa. Cada uno de nosotros, en forma individual, no puede hacer nada más que seguir en el rebaño, pues todos vamos de alguna manera en el rebaño. Pero no deja de ser excitante hacernos preguntas como las anteriores, por si acaso podemos levantar la cabeza por encima de los 7 mil millones de borregos, y encontrarle algún sentido a esto que llamamos vida. Quizá vamos hacia un objetivo elevado, o quizá vamos en sentido contrario.  
  

jueves, octubre 13, 2016

Bob Dylan


Blowing in the wind
(Soplando en el viento)
Bob Dylan

 Bob Dylan - Azkena Rock Festival 2010 2.jpg
Fotografía tomasa de Wikipedia

Cuántos caminos debe recorrer un hombre,

antes de que le llames "hombre"



Cuántos mares debe surcar una blanca paloma,

antes de dormir en la arena.



Cuántas veces deben volar las balas de cañón,

antes de ser prohibidas para siempre.



La respuesta, amigo mío, está flotando (silbando) en el viento,

la respuesta está flotando en el viento.



Cuántos años puede existir una montaña,

antes de que sea lavada (arrasada) por el mar.



Cuántos años pueden vivir algunos,

antes de que se les permita ser libres.



Cuántas veces puede un hombre girar la cabeza,

y fingir que simplemente no lo ha visto.



La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.

La respuesta está flotando en el viento.



Cuántas veces debe un hombre levantar la vista,

antes de poder ver el cielo.



Cuántas orejas debe tener un hombre,

antes de poder oír a la gente llorar.



Cuántas muertes serán necesarias,

antes de que él se de cuenta,

de que ha muerto demasiada gente.



La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.

La respuesta está flotando en el viento.


Bob Dylon – Nobel de literatura 2016



La de arriba es la letra-poema de la canción Blowing in the wind, que aunque como es obvio suena mejor en inglés que en español, sin embargo también nos admira.



Bob Dylon es principalmente músico, compositor y poeta. Pero también ha amado la literatura, el cine y la pintura. Tiene 75 años.



En música ha trasegado el rock, el folk, los blues, el góspel y la música electrónica.



“Maestro poeta, crítico social cáustico e intrépido espíritu guía de la generación contracultural" (Revista Time)



“Nos enseñó que el mero hecho de que la música fuera naturalmente física no significaba que fuera anti-intelectual” Bruce Springsteen



Un nobel merecido que nos llena de alegría.

miércoles, octubre 05, 2016

¿Sirve de algo el perdón?

La lucha entre dos Estados soberanos o entre un Estado y la insurgencia, como es el caso de Colombia, tiene muchas complejidades porque los intereses económicos, políticos y sociales que están en juego son casi infinitos. Si a esto le sumamos que hay intereses de potencias extranjeras y, además, lo que todos sabemos desde niños: que la “política es lo más cochino que hay en la vida”, pues el análisis del proceso de paz es algo muy difícil de hacer (aunque todos opinemos sobre él).

Por esta razón, es mejor pensar en el perdón, pero a nivel personal, pues todos tenemos nuestros odios y nuestros rencores ahí guardados en el corazón. Veamos: Todos sabemos lo que es una ofensa, un daño o un perjuicio, y también sabemos lo que se siente: dolor, deseo de venganza, odio, rencor y muchos otros sentimientos negativos. Todo esto, aunque no es sano, es muy humano, como humano es ofender, porque eso tampoco podemos olvidarlo.

Mirando más de cerca el problema, nos enteramos que ese deseo de venganza, ese rencor, ese odio, esa furia, nos puede dejar graves consecuencias. Por ejemplo, podemos asesinar al ofensor. Ya se sabe lo que seguiría de ahí en adelante para nosotros, ahora convertidos en asesinos.

Pero, quizá, no lleguemos a asesinar porque fuimos incapaces de hacerlo o porque no hubo oportunidad. En cambio, nos quedamos con el odio encapsulado en nuestro corazón y ahí vienen problemas tan graves o peores que asesinar al otro: nuestra salud se va a deteriorar. Esto es apenas lógico, y no necesitamos valernos de estudios científicos que lo corroboren, pues como todos hemos sentido odio en algún momento de la vida, sabemos lo que se siente. Y "eso tan feo" que sentimos, si lo pensamos un momento, NO puede NO hacer daño al cuerpo que lo sufre. Es demasiado “feo” para que pase desapercibido por el organismo.

Y si pasamos años y años sintiendo ese odio, el organismo se va a deteriorar aún más. Muchas enfermedades graves en el momento de ser diagnosticadas, quedan reducidas a eso: al diagnóstico. “Todos nos enfermamos”, dice el médico, “y usted se enfermó de cáncer”. Por ejemplo.

La ciencia no conoce las razones remotas por qué a uno le dio cáncer o un derrame cerebral. La ciencia se ocupa del diagnóstico y el tratamiento. No nos va a explicar que ese odio y ese rencor que por tantos años albergamos y alimentamos, nos tiene ahora postrados. Eso no le importa a la ciencia ni a nadie. Solo a nosotros. Aunque si ya estamos enfermos, es poco lo que podemos hacer.

Hay algo irónico en el odio: estamos unidos como siameses con la persona u objeto del odio. ¡Qué horror! Tanto odiarlo(a) y vivo con él o ella en mi mente todo los momentos de mi vida. Es un enamoramiento al revés. Y para completar, está acabando conmigo.

Con esta analogía es más fácil comprender el valor del perdón. El perdón personal es incondicional (no como el perdón político, que exige del perdonado ciertas cosas). En el perdón entre personas, simplemente el ofendido, de propia iniciativa, sin necesidad de que el ofensor se arrepienta o le pida perdón o lo compense o sufra un castigo, decide que la única manera de quitárselo de encima, la única manera de alejarlo de su vida y además de preservar su salud, es perdonándolo. Una vez que lo ha hecho, el aire es más transparente, se siente más liviano, sonríe más, y sus noches son largas y reparadoras.

Pero “del dicho al hecho hay mucho trecho”, dice el adagio. Vaya y hágalo. Vaya y perdone a esa o esas personas que odia tanto. No es fácil. Pero “querer es poder”, dice otro adagio, y si queremos nuestra vida más placentera, larga y saludable, todos tenemos la suficiente inteligencia para buscar la forma de perdonar. ¡Gracias a Dios, existe el perdón!


miércoles, septiembre 28, 2016

¿Rey por un día?


El sueño de ser rey por un día es frecuente en casi todas las personas. La mayoría lo hemos soñado alguna vez en la vida, no importa que sea con variantes. En mi caso, soñé algunas veces con que ganaba el premio mayor de la lotería. Un amigo mío soñaba con ser capo del narcotráfico. Las variaciones pueden ser tantas como soñadores haya.

Algo extraño: para ser tan poderosos, somos de muy buen corazón: siempre vamos a ayudar a algunas personas pobres, en primer lugar de nuestra familia. Después, a algunos buenos amigos e inclusive a personas desconocidas, por ejemplo, fundando un asilo para ancianos desposeídos o un orfanato, etc. Hay quienes fundarían industrias para generar empleo. Todo eso y muchas otras cosas, que son inusuales en los poderosos, están a flor de piel en las personas del común que soñamos alguna vez con ser rey por un día o una noche.

Pero ¿qué haríamos con nuestros enemigos? ¿Con nuestros malquerientes? ¿Con los que nos patearon y nos humillaron y nos ofendieron de cualquier forma? ¿Con los que simplemente nos caen pesados? 

Hagamos el ejercicio: revisemos nuestra vida y recordemos a esa persona que odiamos. No hay tal de que “yo no odio a nadie”. Esas son mentiras que nos decimos porque es un bello ideal: no odiar a nadie y, por el contrario, amar a todos. Es el ideal que perseguimos y que ojalá algún día todos logremos. Es la evolución espiritual. Pero hablando en plata blanca, en el estado de evolución en que hoy está la mayoría de la humanidad, siempre hay, al menos, un rencor y/o un odio en el fondo del corazón.

Entonces, si soy rey por un día, aplicaría ojo por ojo y diente por diente: si me pateó, lo patearé; si me escupió, lo escupiré; si me humilló, lo humillaré. No hay lugar a compasión, ni a perdón, ni a conciliaciones. Simplemente lo haré pedazos sin ninguna consideración, eso sí, sin perjuicio del hogar para ancianos desvalidos que voy a fundar. Para quienes en este punto están pensando que sí les gustaría la venganza, pero que no lo harían porque temen a la Justicia, les recuerdo algunas características del rey:


-Haga lo que haga, saldrá indemne. La Ley no es para los poderosos.
-Cuando se conozca su venganza, todos sus áulicos de rodillas le dirán que era lo único ‘digno’ que se podía hacer.
-Si, por cualquier razón, quiere ocultar su venganza, será muy fácil, porque tiene ejércitos de manipuladores de opinión a su servicio.
-Si quiere que su venganza de algo perverso se convierta en virtud, sucederá lo mismo por los mismos ejércitos del punto anterior.

Podía extenderme pero esta entrada la hago solo en consideración a lo que dice la sabiduría popular: “Si un hombre no puede gobernar sus propios instintos, ¿cómo puede gobernar a todo un pueblo?” Esta pregunta hace pensar que un gobernante debe ser alguien muy especial. Alguien superior a los demás, no por cuestiones de dinero o sociales, sino porque es de los pocos que se saben gobernar a sí mismos y, por lo tanto, nos sabrá gobernar bien.

Al mirar a quienes nos gobiernan y ver sus conductas personales, por no hablar de sus desastrosos gobiernos (porque lo uno se refleja en lo otro), y sabiendo que nosotros mismos los elegimos, no nos queda otro camino que aceptar que la democracia se acabó, porque ese tipo de personajes, llamados “políticos”, la secuestró, y con la democracia así secuestrada se perpetuaron en el poder. ¿Cómo hacer para que las personas capaces de gobernarse a ellas mismas nos gobiernen a los demás?

Si nos ponemos a la tarea, podemos crear algo distinto y mucho mejor que la democracia que nos fue robada ya hace mucho tiempo, junto con el erario público.



jueves, septiembre 22, 2016

¿Y el Maestro?


En la reflexión sobre el conocimiento de sí mismo, que es lo más importante que hay en la vida, se deja ver la importancia de un maestro. Pero, ¿dónde encontrar uno? Visto el asunto desde otro aspecto, ¿alguien puede enseñarle a uno a conocerse a uno mismo? 

El único que puede conocerse a sí mismo es uno mismo. Cada uno de nosotros nos tenemos a nosotros mismos más cerca que nuestro aliento y nuestras manos. Entonces, nadie puede enseñarnos a conocernos, excepto nosotros mismos.

Esto viene a colación porque muchas personas quisieran conocerse y empiezan a buscar un maestro. La mayoría de las veces, lo encuentran y al cabo de algunas semanas caen en cuenta que el hombre (o mujer) o era un charlatán o un comerciante o ambas cosas. Pero de conocimiento de sí mismo, ¡nada! La verdad es que los prohombres que podrían servirnos serían el Buda Gautama, el  Señor Jesús, Confucio, Lao Tse, Sócrates…

No obstante lo anterior, puedo afirmar que SÍ hay maestros entre nosotros que pueden ayudarnos a llegar hasta el borde de nuestro propio interior, y esa ayuda es un privilegio inconmensurable, porque realmente en el mundo debe haber muy pocos, que por supuesto no se anuncian y que no cambian un conocimiento tan excelso por dinero. 

El verdadero maestro nos ayudará mostrándonos ciertas cosas que no vemos; quizá también con técnicas, ejercicios, consejos y quién sabe con qué otros recursos, para que lleguemos poco a poco a descubrir nuestra esencia, nuestra nuez, la que una vez conocida, nos cambiará por completo la vida. 

Habremos encontrado entonces un sentido al torbellino de la vida que con todas sus tragedias, injusticias y dolores, nos mantiene decepcionados y hasta deprimidos. Habremos descubierto la causa del torbellino y descubierta la causa, desvelado el misterio.

Cada ser humano es un universo diferente de los demás y por eso no hay una fórmula única para llegar al fondo de todos. Los médicos saben que a cada paciente hay que darle su propia dosis de medicamento, dependiendo de diversos factores. 

Si hubiere muchos maestros de conocimiento interior, a cada alumno le darían un tratamiento diferente. Pero no hay muchos. Hay pocos y no se anuncian. Así que debemos emprender por nosotros mismos la búsqueda interior, que cuando hayamos caminado un trecho, con toda seguridad el maestro llegará.

En el Sermón del Monte, el Señor Jesús dijo: “… buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá…”.


lunes, septiembre 19, 2016

¡Lucha!


Cuando se tiene la certeza de que vinimos a este mundo a evolucionar, es decir, a salir de él mejores de lo que llegamos, la lucha interna es un cataclismo. Puede ponerse en otros términos: si soy espiritual, vivo en constante pugna con mi materialidad.

Y es que estamos apresados completamente por la materia. Es como si estuviéramos fundidos a un bloque de concreto. Hemos aprendido a pensar de cierta manera desde la infancia y cuando ya somos adultos no podemos cambiar esa forma de pensar fácilmente. Lo malo es que no podemos mejorar sin cambiar de pensar.

Las leyes humanas señalan este hecho. Todas las constituciones políticas del mundo señalan en sus primeros artículos que el derecho a la vida es sagrado. ¿Por qué? Porque los asesinatos por cualquier razón son lo más generalizado entre los humanos. Si así no fuera, no estaría consagrado ese derecho en primerísimo lugar en las constituciones.

De ahí en adelante, es nuestra proclividad a mentir, a robar, a aprovecharnos de los demás, a tratar de surgir pisoteando a los demás. Eso es lo que tratan de controlar todas las leyes que en el mundo han sido desde los Diez Mandamientos hasta hoy.

Pero también los humanos somos capaces de las cosas más sublimes. Dentro de estas, una cosa no muy notoria, pero que también es sublime: tratar de mejorarnos. Tratar de superar esa materia que nos obliga a matar, robar, mentir, etc. Cuando empezamos a luchar en ese sentido, es cuando nos damos cuenta del bloque de concreto en que estamos.

¡Solo quien honestamente lo ha intentado sabe lo difícil que es! Solo quien honestamente lo ha intentado sabe de las decepciones que nos producimos a nosotros mismos. Y solo quien lo ha intentado honestamente, aprende a conocerse un poco más. A conocer sus debilidades, y por esta razón, a no juzgar con tanta dureza a los demás.


Por lo menos esto ya es ganancia. Si por conocer nuestras debilidades y nuestra incapacidad para romper los viejos moldes de pensamiento y acción, ya juzgamos menos duramente al prójimo, esto ya es ganancia. ¡Mucha ganancia! Cuando aprecio esta mejora, entonces me digo a mí mismo: vale la pena seguir luchando. ¡Claro que vale la pena! Entonces me levanto del charco de mi decepción, me sacudo el lodo y sigo adelante. ¡Quiero morir siendo un poco mejor! 

jueves, septiembre 15, 2016

¿Quiénes nos tienen en sus garras?

¿Quiénes nos tienen en sus garras? Bueno, esta pregunta no a todo el mundo le interesa. Incluso, habrá quien la piense con extrañeza: “¿acaso alguien nos tiene agarrados?”. Sin embargo, para los pocos a quienes nos interesa la pregunta, aquí va esta reflexión:
Lo más obvio, para el caso de que seas empleado, es que te tiene agarrado tu empleador, por todo lo que tú trabajas, todo lo que él gana y lo poco que tú ganas. Basta mirar los estados de pérdidas y ganancias de la empresa y compararlos con tus ingresos. Así que las mejores horas de tu vida, de 8 a 6, no son tuyas, las tienes hipotecadas a alguien, todo porque necesitas comer, pagar la renta, etc.
¿Por qué tu vida no es tuya? No es tuya porque no haces lo que quieres y te gusta, sino que pasas horas y horas produciendo riqueza para alguien más. Si eres mujer, ¿por qué no puedes estar todo el tiempo con lo que más amas, que son tus hijos? ¿Y el salario compensa este “no vivir tu vida”? ¡Categóricamente no!
Evidentemente, algo no cuadra. Los humanos no podemos vivir nuestras propias vidas y parece que nuestro empleador nos tiene en su poder. Pero no es el empleador el que nos tiene en su poder: Es todo un sistema perverso que ha calculado todo de tal manera que nunca tengas tus deseos satisfechos. Necesitamos comer, tener techo, educarnos, ocio, etc. Si tuviéramos todas estas necesidades satisfechas, no necesitaríamos hipotecar nuestra propia vida a nadie. Haríamos nuestros propios planes para pasar todos los días con nosotros mismos.
Mas, por extraño que parezca, nunca tenemos las necesidades básicas satisfechas, porque de lo contrario, no volveríamos a trabajar, ¿verdad? Si compré un apartamento, no puedo disfrutarlo porque hay una hipoteca. Si pude comprar comida para este mes, no me queda para comprar la de los meses subsiguientes. Y así por el estilo. El andamiaje económico no permite que viva mi vida, ni aun teniendo donde vivir y comida en mi plato, porque ese andamio está armado de tal manera, que tengas siempre que ir a donde tu empleador a producirle riqueza. Ni hablemos de los desempleados y los habitantes de la calle.
Entonces, ¿qué hacer para vivir tu vida? La respuesta es muy triste: no hay nada qué hacer. Simplemente en este mundo vinimos a vivir una vida sin sentido. A enriquecer a otros, a vivir una vida que no es nuestra. Para verlo mejor, suma las horas en que estás en tu trabajo más el tiempo en ir y venir y compáralas con las que vives contigo mismo (en estas últimas, no tengas en cuenta las horas de sueño).
En la sociedad existen los revolucionarios. Son gente admirable, porque solo una revolución puede ayudar a derrumbar definitivamente el estado de cosas tan injusto en que estamos revolcados. Pero dejémosles a ellos esa labor, si es que algún día la pueden hacer y es deseable que esa revolución sea pacífica, como nos enseñó Gandhi, que libertó a 500 millones sin violencia.
Volviendo a nuestro tema, además de los ricos, hay un grupo de personas que, si quisieran, podrían vivir su vida para ellos: los pensionados (dentro de los cuales me cuento). Lástima que ya estemos viejos y no tengamos la suficiente fuerza física, pero por el contrario y con gran ventaja, tenemos nuestras facultades mentales intactas y la experiencia necesaria para repetir con la sabiduría popular que, “perro viejo ladra echao”. Podemos apreciar las cosas desde un punto de vista diferente al de todo el mundo. Para entender mejor este punto, haré una pequeña digresión:
En la tradición del Hinduismo, el hombre debe educarse hasta los 20 años. Después, al asumir las responsabilidades de una familia, debe trabajar para sacarlos adelante y este período va hasta los 50 años. De ahí en adelante, los hijos se encargarán de él (en épocas de la tradición no había Fondos de Pensiones) para que pueda dedicarse a buscar en su interior las verdades espirituales. Este período va hasta la muerte. 
Esta digresión es para resaltar cómo la vejez es una edad de oro en el contexto de la vida, no como se cree en nuestra metalizada sociedad, que un viejo es deseable que se muera rápido porque hace estorbo. Pues no es así. El viejo tiene el privilegio de adentrarse en el problema y descubrir la raíz del mal. Él ya no va hacer revoluciones y si alguna hace, será no violenta.
Ante la pregunta, ¿quién nos tiene en sus garras?, el viejo, después de meditar, concluirá que aunque en apariencia son los bancos, las multinacionales, los gobiernos, etc., verdaderamente lo que nos tiene en sus garras son los deseos. Los deseos que tenemos son infinitos y solo podemos cumplir unos pocos. La sociedad capitalista lo sabe, y para mantenernos en el redil nos muestra millones de cosas deseables. Saben que  nunca vamos a estar saciados. Los deseos nacen como conejos. Si tengo un apartamento y lo acabé de pagar, ahora quiero otro. Si tengo un auto y ya es mío, ahora tengo que cambiarlo por uno último modelo. Si tengo… si tengo… si tengo… y todo se traduce en deber siempre dinero, es decir, no vivir mi vida y sí trabajar durísimo para pagar las deudas.
Entonces, el anciano  puede concluir (y un joven también) sin muchas dudas, que lo mejor es no desear, o desear muy poco. Para lograr la independencia y vivir una vida nuestra, no hay que desear. Obviamente que siempre vamos a desear almorzar y dormir, pero no me refiero a esos deseos básicos. Me refiero a todos los deseos que la sociedad consumista nos ofrece: esos deseos hay que castrarlos. ¿Pero será posible? Sí. Es difícil, pero se puede. En las tradiciones orientales existe todo un camino para que, por etapas, vayamos despojándonos de los deseos.
En resumen: No todos los ancianos van a llegar a esta conclusión, pero sí una buena parte de ellos. Ahora, los que están en plena lucha por la vida, difícilmente pueden pensar y/o salirse del sistema. Pero cuando lleguen a la edad de retiro (si es que dentro de pocos años no acaban con eso del “retiro”), pueden encontrar la forma de vivir su vida para ellos mismos estudiando su interior y empezando, por ejemplo, a dejar de desear. El sistema materialista en que vivimos tal vez se caiga solo, sin revoluciones, porque está podrido. O tal vez algunos revolucionarios pacíficos lo ayuden a desplomarse incluyendo a algunos de nosotros, los ancianos, que estamos por encima y lo vemos todo con una mirada muchísimo más amplia y menos apasionada.